jueves, 21 de abril de 2011

¿Oyes lo mucho que te quiero?

Hay algo de magnético en la risa. Como si tuviéramos un interruptor que al encenderse provoca que la boca se estire como una goma elástica y la sostuviera con pegamento, que no deja que esa mueca pare. Entonces no queda más remedio que reír. Reír por los payasos del circo, por el chiste de la vecina, por un día de primavera, por las pompitas de plástico, por el ruido del martillo, por las margaritas, por los castillos de arena, por la mar embravecida, por la nieve en invierno, por los niños del parque, por la noche cayendo, por una película deseada, por la hierba verde, por una canción de la infancia, por una tarta de chocolate, porque maulló el gato.

Hay que dar una sonrisa hoy al nuevo día. Reír por los coches eléctricos, por el inesperado tropezón, por la fábrica de amores, por las notas al fin en verano, por la desdicha del amor, por el frío en invierno.

Reír hasta llegar al fin del mundo o al final de vida, reír por los ascensores, por todos los mares, por todas las muñecas, por las barberías, por una pesadilla tonta, los bailes de discoteca, la compañía de los amigos.

Reír por el bramido de la trompeta, por el nacimiento de un nuevo panda, por los milagros brillantes y el agua corriente y el bus público y la madrugada y el canto de las ranas y los juerguistas y los niños que aprenden a ir en bici y las nuevas canciones. Reír por las hadas y las ninfas del bosque, por los sábados, por los nuevos amores, por él, por mí, por toda la humanidad, por la vida.

Callate, tapate los oidos fuerte fuerte fuerte muy fuerte ¿Oyes lo mucho que te quiero?

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